Las de mayor inspiración y desesperación. Esas en las que dos minutos de sueños te dicen más que veinte años de vida.
El motivo de sus ojeras es un miedo, más no cualquier miedo. Se trata de un miedo tan racional que parece de locos. De ese tipo de miedo que te impide descansar si no es acompañada. Un miedo que provoca sudores, temblores e incluso lágrimas. Miedo.
Sí, lo sé, ha debido perder la última tuerca que la mantenía cuerda durante alguna de sus largas duchas.
No paro de preguntarme qué diría Freud ante esta situación... Mientras trato de averiguarlo voy corriendo a la ferretería a por una solución de urgencia.
Un lápiz sin punta
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