Siempre lo estaba. Casi nunca sentía y, entre tantos nunca, un día se topó de frente con Casualidad. Esta le guió hacia un camino desconocido, uno que Ella no controlaba. Ella. La pobre ingenua que creía que podía controlar hasta el más insignificante segundo de sus acciones. Fue lógico, entonces, que Casualidad le rompiera todo el guión.
Mientras trataba de recoger los trozos de papel que le otorgaban el poder de la frialdad más hiriente, una mano apareció en su plano. Él. Más no cualquier "Él", sino el que siempre había dicho que nunca sería. Sin embargo, Ella, durante demasiado tiempo, tan solo vio una mano intrusa en sus malévolos planes, pues temía que si alzaba los ojos hacia Su mirada, la descongelación inundaría todo su circuito interno.
Orgullo y atracción desbordante son dos cosas que jamás, repito, jamás debió mezclar, porque cuanta más sed tenía, más ansiaba destrozarse entre las verjas de la cárcel en la que se estaba condenando. De este modo, cuando bajo la guardia y Sus ojos conectaron, se declaró enferma terminal, pues para este caso no hubo medicina que la curase.
Un lápiz sin punta
El amor es un eterno sálvese quien pueda.
ResponderEliminarMuchos besos.