Ciertamente lo es. Le resulta inevitable, tras haberse sumergido en las páginas de un libro cuya historia es tan turbulenta, realizar una comparación. Ella y un capítulo sin cerrar, ahí radica la cuestión. Un capítulo que no deja de mandarle señales que la empujan a escribir una coma donde debería haber un punto.
Dos amantes de un mundo ficticio viven su triste y lúgubre vida, sabiendo que se aman más negando lo evidente, mientras ven el paso de los años a través de la ventana, hasta que en su rostro las arrugas, la certeza de la cercanía de la muerte y los achaques de la vida y la edad, les permiten vivir lo que de jóvenes no pudieron en su plenitud: amarse.Y todo eso es debido a que en su momento no supieron poner un punto final, uno definitivo, ese que termina un libro que no tiene continuación.
¿Valdría la pena una triste vida disfrazada de felicidad por el simple hecho de al final haber podido liberar sus corazones?
No sabe ni qué pasará mañana y mucho menos dentro de 10 años, pero si ha de desear algo en esta lucha perdida, es acabar con el fantasma que, entre la hora del café y las buenas noches, le atormenta.
Un lápiz sin punta
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